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CRÓNICA | ACEQUIAS MENDOCINAS: UN MAPA DE IDENTIDAD

EL AGUA QUE NOS PARIÓ

Esta crónica, bajo el título “Historia de las acequias”, da cuenta de la importancia del agua en nuestra provincia y nuestra relación con ella. Aquí el investigador mendocino parte de una experiencia personal para aproximarnos al enfoque que le dio a su libro “De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias”, y a una historia sobre los usos y socialización de un recurso que es vital para nuestra existencia.


JORGE RICARDO PONTE | MENDOZA | pensamos@puracultura.com.ar

Zarzacequia

El agua ha sido, desde siempre, un recurso insuficiente. En Mendoza desde tiempos antiguos se ha tenido conciencia de esta escasez. Por ello, a partir de su fundación española en 1561 hubo de regularse para que todos los vecinos, a su tiempo, pudieran aprovecharla. Esta temprana socialización del uso del agua se hacía mediante embanques y derivaciones de un canal a otro, de una acequia a otra. Así, a pesar de que el agua estaba siempre presente, iba circulando por un lugar u otro mediante sucesivos turnos de riego.

Cuando yo era niño vivía en la calle Manuel A. Sáez de Pedro Molina. Por la esquina de mi casa corría el entonces canal Tovar. No conocíamos su nombre, lo llamábamos "el canal". Me advertían que tuviera cuidado porque a una niñita se la había llevado la corriente y se contaba que la habían encontrado ahogada, unas cuadras más abajo, en la compuerta de una antigua curtiembre que estaba en la esquina de Alberdi y Aristóbulo del Valle [allí hubo molinos, movidos por esta acequia, desde la fundación misma de la ciudad]. Aun así, desafiando las advertencias, nos arriesgábamos a recorrer el canal por dentro, agachándonos, raspándonos con sus estrechas paredes, ensuciándonos con la basura que arrastraba y mojándonos cuando llevaba agua. Entrábamos por una calle y salíamos por otra. Toda una aventura que nos exigía ser cautelosos en no revelar el secreto.

Del Tovar nacía la acequia de tierra que pasaba por el frente de mi casa. Como el agua se daba por turnos, a veces, ésta no corría por nuestra acequia. Para jugar a las carreras de barquitos íbamos a abrir, irresponsablemente, la compuerta del canal para que pasara el agua por nuestra acequia y poder hacer, así, nuestra propia regata. También la abríamos cuando hacía mucho calor y nos gustaba charlar sentados en los puentes de la acequia, con nuestros pies descalzos inmersos en el agua fresca; o cuando necesitábamos regar, con un tacho de aceite en el extremo de un palo, la calle de tierra en la que vivíamos, para aplacar el polvo que levantaban los coches al pasar. (Repetíamos, sin saberlo, un ritual que los mendocinos ya venían haciendo desde siempre. El estudio de la historia local me lo develaría después).

Entre las acequias y las veredas hay un espacio intermedio que suele cubrirse con pasto o, simplemente, de tierra. Las veredas mendocinas tienen, como remate, una banda de cemento alisado por donde hacíamos circular réplicas, en plástico, de autitos de turismo carretera de la época, rellenos con masilla, para hacerlos más pesados, ya que de tan livianos eran inestables. Organizábamos competencias lanzando, a su propio impulso, a los autitos por estas sendas. La parte más peligrosa era cuando debíamos hacerles cruzar los puentes, ya que corrían el peligro de caer en la acequia y que se los llevara la corriente. Las acequias eran, de una u otra manera, el centro de nuestros juegos infantiles.

Por esa época, años '50-'60, el cine Recreo de Pedro Molina estaba en su apogeo. Tenía una sede cerrada para el invierno y otra sala al aire libre para el verano, con piso de ripio. Los domingos íbamos a la función matinée. Las películas favoritas eran las de "cowboys". Me asustaban, pero igual me gustaba ir a verlas. Una escena se repetía en cada una de ellas, o al menos así me parecía a mí, y siempre tenía el mismo impacto: una carga de indios al galope. Cuando la pantalla se llenaba de los indios enardecidos en malón, montados en sus caballos "en pelo" y clavando sus lanzas, yo me escondía detrás de la butaca hasta que pasara el peligro. Aunque hiciera el ridículo, no podía evitarlo...

Este asunto de la venida de los indios en malón me preocupaba más allá de la salida del cine. En mi mente infantil elaboraba estrategias para defenderme, si acaso a los indios, de cuya existencia ni se me ocurría dudar, se les pasaba por la cabeza venir a Mendoza. Por eso, con mucha seriedad y ante la risa de los mayores, le preguntaba, obsesivamente, a mi madre:

- ¡Mamá!: ¿Los indios no pueden venir a Mendoza? ¿Se caen al Zanjón?

Se me ocurría que no, que no iban a poder saltar con sus caballos el Zanjón, ya que por ser éste muy ancho y profundo, se iban a caer dentro y se los iba a llevar la corriente. Es decir, el Zanjón me garantizaba estar a resguardo.

Con el paso de los años devine arquitecto y estudié primero, y pude conocer personalmente después, los castillos medievales y otros no tanto, con sus zanjones para protegerse de los ataques enemigos. Solución defensiva que yo ya había presentido de chico, cuando no sabía que "los indios" ya habían estado en Mendoza y que ese canal, precisamente, en el que jugaba, había regado las tierras de un cacique verdadero: el señor de este valle y tierras huarpes: Dn Felipe Esteme. Podía haber indios diferentes, y de hecho los hubo, a los "sioux del Far-West" que me asustaban desde el cine.

El Zanjón, obviamente en mi caso, era el canal Cacique Guaymallén, que está 50 metros más hacia el oeste, cruzando la calle Alberdi, donde empezaba, por entonces, un cañaveral (lugar obligado para buscar las cañitas para los volantines del mes de agosto, el mes de los vientos) que desapareció para dar paso a un carril costanero rápido. También íbamos a bañarnos desnudos en el Zanjón en las siestas calurosas del verano (a un viajero extranjero le llamó la atención, en el siglo XIX, que las mujeres se bañaran desnudas en el canal Tajamar) o a buscar piedras chatitas para jugar al tejo, un juego del mundo andino que hoy, entre nosotros, se ha perdido, reciclándose en un juego playero con tejos "de madera".

También cuando corría poca agua, obviamente, para ir a la escuela, bajábamos y cortábamos camino por dentro del Zanjón, saltando de piedra en piedra. Luego cruzábamos "la costanera" (¿en un lugar donde no hay costa? ¿Ni de río ni de mar? Sí, la costanera del Zanjón) para ir a la Feria Municipal, en el solar donde había estado el antiguo Cabildo de Mendoza, dato que, por supuesto, todos -vecinos incluidos- ignorábamos.

Así, el mundo de mi infancia lo dividía el Zanjón. Del Zanjón para allá estaban: el Centro, el tranvía, la plaza Pedro del Castillo, la Feria y mis escuelas: José Federico y Mariano Moreno. Hacia acá del Zanjón: el canal, mi calle, mi casa. Por ello, de niño no podía concebir a Mendoza sin canales, ni acequias, ni Zanjón. De grande -educación mediante- lo olvidé. Tuve que reencontrarme con ellos después de terminar mis estudios universitarios y, más precisamente, cuando viví en Italia, cursando estudios en restauración de monumentos. Hablando de nuestro patrimonio, yo intentaba explicarles a mis compañeros y profesores que vivía en una ciudad con acequias en las calles, ¡en todas las calles! Era el único rasgo de rareza u originalidad que yo creía podía seducir a mis colegas extranjeros respecto de mi lejana ciudad, la que, en comparación con Florencia, parecía no tener patrimonio, al menos eso me habían enseñado en la escuela y en la facultad.

Paradójicamente, fue en Italia donde comprendí la necesidad que había de contar la historia de la ciudad, porque entendí que no se puede preservar lo que no se conoce y no se valora. Como quien cuenta la historia de la familia al calor de los álbumes de fotos viejas, se fue armando un relato que luego se plasmó en un libro: Mendoza, aquella ciudad de barro [1987], obra en la que empecé a destacar la trascendencia de las acequias y zanjones en la historia de la ciudad. Grande fue mi sorpresa al ver, en el origen de estos canales y como hacedores de este patrimonio cultural, a nuestros aborígenes: los huarpes.

Pero, aquel trabajo, aunque completo para la ciudad, estaba aún en deuda con el territorio que hoy contiene al Área:

- Si te persigue un duende,/ hay que buscar un río o una acequia y saltar,/ porque los duendes no cruzan el agua.

Creencia del mundo andino Metropolitana de Mendoza. Aquella pregunta inicial a mi madre se transformó, posteriormente, en una interpelación más intelectual a Mendoza, a la otra madre-tierra, en una cuestión que remite al origen-agua, ese elemento esencial que hace posible la vida, más en esta región semidesértica y con características de oasis. Por eso, años después, postulé para promover esta investigación (se refiere al libro “De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias” que publicó en 2006), de manera de cumplir aquella deuda pendiente con el oasis mendocino y con aquel niño que permanece en mí. Para poder explicarles a otros niños, y a grandes que forman niños, la historia de Mendoza vista desde la historia del agua.

Como tantos otros mendocinos y sin proponérmelo, fui un testigo ayer y sería un portavoz hoy de la participación y significación de las acequias en la vida cotidiana. Esa que, precisamente, por su obviedad, no suele quedar en el registro histórico, apenas sí en la literatura costumbrista de la que Mendoza no cuenta, o no están difundidos, demasiados ejemplos. Las acequias y zanjones han estado, sin embargo, presentes genuinamente en la poesía y en las canciones cuyanas. Aunque, también cabe decirlo, se ha construido, paralelamente y respecto de ellas, un discurso más retórico y rimbombante que de manutención efectiva y preservación. Hacia comienzos de marzo, época de festejos vendimiales, reaparecen hasta el hartazgo los discursos y las imágenes acerca de las acequias, los surcos y el vino. Luego sobreviene el olvido, hasta la próxima Vendimia…

Si bien Mendoza ha sido erigida entre zanjones y acequias, no siempre éstos han estado en el campo de interés de los historiadores. Así, en todos los barrios del Gran Mendoza hay siempre un zanjón de referencia local y todos los usamos para precisar las distancias: pasando el zanjón, antes del zanjón, cruzando el zanjón... El lenguaje, que de todo lo importante da registro, deja algunas palabras fijadas al discurso de lo cotidiano y, precisamente por ello, poco sensibles a toda su conciencia.

Los planos históricos mendocinos nunca han dado cuenta de toda la información disponible. Siempre ha habido un recorte en la mirada… y hay también miradas que recortan. La mayoría de las veces, han juzgado obvia a la realidad física y por ello, ésta no se precisaba. Aunque es tan evidente que hay montañas en el paisaje mendocino, éstas raramente se incorporan en los planos locales. Lo mismo ocurrió con las acequias y zanjones de Mendoza: no registraban nunca la totalidad, apenas los principales.

Aún hoy, con todo el desarrollo tecnológico del que disponemos, los planos contemporáneos de calles y avenidas, siguen sin dar cuenta de que la ciudad tiene otra trama subyacente de acequias urbanas y rurales, de las cuales no se da registro, presuntamente, para no provocar entropía en la información. Un desprevenido lector, en un futuro lejano, podría no darse cuenta que en nuestro siglo XXI, hubo realidades que, a pesar de no haberlas registrado ni la cartografía ni las digitalizaciones de este tiempo, sin embargo, existieron. Paradójicamente, la gran presencia es la gran ausencia. Por ello, si algún mérito tiene esta investigación (vuelve a referirse al libro “De los caciques del agua…”) creemos ha sido el hallazgo de hacer evidente y presente "lo obvio".

Así como los niños juegan a descubrir las figuras que se esconden detrás de los puntos, así hemos ido nosotros uniendo entre sí las marcas de calles cortadas o remanentes del trazado urbano, esas que no responden a la voluntad ordenadora de la cuadrícula española, esas que se salen del modelo. Salirse de "la cuadrícula" es salirse, de alguna manera, también del tradicional enfoque de estos temas, buscando en la organicidad de las acequias la línea de nuestras demostraciones. Esta trasgresión nos ha permitido descubrir continuidades de calles o caminos antiguos que han solido acompañar tanto a los pretéritos cursos de agua, hoy desaparecidos, como a los persistentes, en un proceso de develamiento de las trazas del agua sobre el territorio históricamente configurado.

Decía Italo Calvino que "las ciudades no cuentan su historia... sino que la contienen como las líneas de una mano". Mirando mi palma no veo en ella a las líneas del corazón o de la vida, esas líneas se me representan: el zanjón, las acequias, los canales... de Mendoza. ¿Habrá vislumbrado Calvino esta posibilidad cuando, tan poéticamente, describía el atajo para conocer el alma de una ciudad? No lo sé, pero sospecho que en su sabia reflexión presintió a Mendoza.

La cultura del agua en Mendoza no ha sido el mérito de una sola generación. Es la yuxtaposición de esfuerzos de varias generaciones y de varias culturas en un mismo territorio, largamente historizado.

El recurso elegido para hilvanar este relato de un largo período, que abarca casi 500 años de historia del agua en Mendoza y de la forma en que ésta moldeó a la ciudad, es el espacio y sus representaciones gráficas. Hay una deliberada intención en este trabajo (su libro) de vincular toda la información histórica documental posible con el espacio, ya sea buscando planos en los archivos históricos o creándolos cuando hizo falta. Para mostrar los modos en que el agua, ya sea regulada -mediante los canales y acequias- o no regulada -fruto de las bajadas aluvionales e intempestivas de la precordillera que bordea a la Ciudad de Mendoza-, a través de zanjones y ríos secos, impuso sus condiciones y sus consecuencias sobre la forma y la estructura urbana. De las distintas lógicas y sucesivas racionalidades que se impusieron, tanto sea para la ocupación de este oasis, como para traducir este proceso en documentación gráfica o cartográfica.

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Mientras que en otros sitios del mundo los cauces de agua han unido, aquí se han usado como excusa para separar. Se usaron para desmembrar a la Ciudad de Mendoza histórica de sus tradicionales arrabales [San José -mi barrio-, Pedro Molina y La Chimba]; para dividir los barrios de los ricos de los barrios de los pobres, cuando no constituyeron, directamente, los cauces secos, o sus márgenes, sitios con aparente reparo y donde se refugian aún los indigentes [nuestros homeless]. Cuando el agua caía intempestivamente se llevaba puesto todo a su paso: animales, gentes, casas, cultivos…

Son las acequias, pese a todo, las que más connotan la urbanidad mendocina. Todos los barrios y las casas que aquí se edifican, aun las más modestas o las más alejadas de los reales cursos de agua, se urbanizan con acequias y se planta un árbol en el frente de las mismas. Porque toda casa en Mendoza, para ser tal, debe tener acequia y árbol. No cumplir con este ritual denotaría no ser de Mendoza, ser un bárbaro. La acequia está prevista por si en algún momento aparece o circula el agua, aunque la mayoría de las veces ésta nunca corra de manera efectiva, ya sea porque dichas casas están situadas en el piedemonte, o porque están emplazadas fuera del circuito de regadío y a ese árbol plantado se lo deba regar con la canilla familiar del agua potable. La forma aquí excusa a la función.

Cien razones podrían darse y todas serían válidas para explicar el por qué del olvido y la degradación de nuestras acequias urbanas. Éstas deberían estar limpias y generalmente están sucias; la gente barre las veredas y esconde las basuras en ellas, mezclándose allí con plásticos y roedores; deberían ser de canto rodado para facilitar la permeabilidad del agua, y por razones "prácticas" hoy son de cemento; deberían ser a cielo abierto, y la gente las recubre con veredas. La excusa es que no siempre están "presentables".

Por más que las queramos ennoblecer diciendo que los árabes embellecieron con ellas los huertos de Granada, sospecha hay en las acequias de ser pariente pobre, y puede que sea cierto. Por ello, presiento que más allá del cliché de las "acequias cantarinas y rumorosas" hay algo más, que no se manifiesta en el discurso, pero que está en el imaginario social de los mendocinos, una señal que nos remite a nuestro origen agrario, a nuestra vulnerabilidad como oasis.

Sin embargo, son las acequias las que más nos recuerdan nuestro pasado indígena, en una sociedad, como la argentina, que se tiene por tan europea. Tal vez puedan ser ellas el disparador social para ver nuestra identidad también desde otros lugares más consistentes que los que hemos solido usar para explicarnos.

Las acequias han tenido el mérito de haber estado desde siempre, desde antes que la ciudad misma existiera, y haberla acompañado en sus diferentes etapas y en sus diferentes prácticas sociales. Así, puede explicarse que, en las zonas rurales o marginales, aún hoy se las siga usando como provisión de agua potable, como en los tiempos indígenas, como en los tiempos coloniales. Nada extraño para una ciudad latinoamericana, como Mendoza, donde conviven todos los tiempos: la pre-modernidad, la modernidad y la post-modernidad en un mismo presente y en espacios que se rozan.

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¿Por qué los Caciques del Agua? (imagen que da título a su libro)

Porque Mendoza constituyó el punto más austral del imperio Inca, circunstancia que entronca su genealogía con la cultura aborigen más desarrollada del hemisferio sudamericano. Una ciudad con un pasado huarpe, incaico, español y una pertenencia al mundo andino que suele minimizarse o simplemente olvidarse. No poca historia, no poca tradición, que, sin embargo, se desdeña a la hora de intentar definir nuestra identidad.

Porque así como yo de niño, aún viviendo sobre un sustrato indígena huarpe: las tierras de Tantayquen, no lo supe, dado que el espacio no estaba culturalmente historizado; muchos otros también lo desconocen. Aquel canal Tovar de mi infancia había sido, precisamente, aquella Acequia Alta de Tantayquen de la que hablaban los caciques comarcanos en una reunión de 1574.

Porque merece conocerse más respecto de aquella comunidad huarpe que sus tierras perdieron, sus hijos desperdigaron y sólo el rastro de sus acequias quedó. Y que, si no fuera por ellas, que conservaron los nombres de sus caciques, habrían desaparecido del todo. No digo de la historia grande, que los ha ignorado, sino de la memoria colectiva, aunque su legado no fue para nada menor: un sistema hídrico base del desarrollo de toda la comunidad mendocina.

Porque estos caciques no trascendieron, como otros pueblos aborígenes, por sus batallas ni por sus excesos de furia. Fueron, ni más ni menos, mansos agricultores: los Caciques del Agua, los dueños de las acequias...

Para concluir, cabe admitir que este libro (sobre el que se basa este artículo, publicado en diario Los Andes, el 5 de septiembre de 2004)) ha sido hecho con obstinada pasión, esfuerzo y minuciosa perseverancia. Escudriñando, tanto en nuestro pasado como comunidad, cuanto en nuestras propias vivencias personales; rescatando el testimonio propio y el de otros; reconstruyendo la memoria en materia hídrica de la herencia huarpe, del aporte español y del inmigrante extranjero; contestando, de alguna manera, a quienes creen que sólo descendemos de los barcos...

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*JORGE RICARDO PONTE. Es arquitecto. Entre 1992 y 1994, fue Jefe del Departamento de Planificación Urbana y Gestión Ambiental de la Ciudad de Mendoza, Argentina. Realizó su tesis de doctorado en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de la Escuela de París de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, en 1998. Se graduó en Historia Latinoamericana en la Universidad de la Sorbonne Nouvelle, Paris III, Francia, en 1995 y obtuvo un diplomado en Restauración de Monumentos y Historia de la Arquitectura de la Universitá degli Studi di Firenze Universidad de Altos Estudios en Florencia, Italia. Fue delegado de la Comisión Nacional Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos de Argentina y nombrado asesor honorífico 1985-1994 y 2009 hasta nuestros días. Desde el 2000 ha estado trabajando y desarrollando nuevos enfoques en Campos científicos de la Argentina por la consolidación de un corpus de documentos históricos, y por restauración y digitalización de mapas para mejorar su calidad gráfica y su asegurar una precisa interpretación. Algunos de sus trabajos publicados incluyen libros sociológicos como “La fragilidad de la memoria. Representaciones, prensa y poder en una ciudad latinoamericana en tiempos de la modernidad. Mendoza 1885-1910”, así como otros estudios de casos de micro-historia como “El Carmen. Hospital de la Filantropía y “De los caciques del agua a la Mendoza de las acequias”. “Cinco Siglos de Historia de zanjones, y molinos de viento” y la segunda edición ilustrada del libro “Mendoza, aquella ciudad de barro. Historia de una ciudad andina desde el siglo XVI hasta nuestros días”, entre otras publicaciones. Ha trabajado bajo la tutoría del filósofo Arturo Andrés Roig, del arquitecto Enrique Hardoy y el historiador Bernard Lepetit durante las diversas fases de su carrera académica. Actualmente es investigador de tiempo completo en el CONICET.

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Editora PENSAMOS CULTURA | Patricia Slukich.

Imagen artículo | Acequias de Maipú.

Foto | PURACULTURA®

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