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CRÓNICA NARRATIVA | UN TRÁNSITO POR EL ESPACIO URBANO

EL DATO ES UN UNIVERSO

La autora nos convida aquí con una preciosa perspectiva sobre cómo es el tránsito de su ciudad en bicicleta: “un ejercicio moral”, dice ella. Hasta en el más ínfimo acto cabe el mundo, los hombres y la belleza. Esta crónica es prueba de existencia.


JOSEFINA LICITRA | BUENOS AIRES | ARGENTINA | pensamos@puracultura.com.ar

A couple of bicycles chained to a post in the city selective color with highlight on the yellow hfwozorhj

Es una de las mejores cronistas de este continente. La conocemos por notas sublimes, donde periodismo y literatura se vuelven uno y más: la crónica. Ella sabe cómo aplicar el zoom profundo e íntimo hacia casos que la tv titula con desdén sensacionalista o denotaciones que nada dicen sobre lo humano -esencial- de la noticia.

Podemos contarte que Josefina es una de las máximas referentes del periodismo narrativo en nuestro país, y también en el continente. Podemos hacerte un listado muy largo de las prestigiosas publicaciones internacionales en la que ha escrito: Rolling Stone, Vogue, El País, Brando, Gatopardo, Orsai, y más.

Podemos decirte que, si de premios se trata, tiene los más altos; como el de la Fundación Nuevo Periodismo (el ‘Nobel’ de los cronistas en Latinoamérica) por una nota en la que se te eriza piel: “Pollita en fuga”.

Sí, podemos seguir detallándote de los derroteros exitosos que ha ido dejando su reguero de palabras mientras ella camina. Pero la preferimos mujer, mamá, laburante, observadora perspicaz de un humor tibio pero agudo; porque esa preciosidad de persona que es Josefina Licitra le da espesor y solvencia a sus textos.

Un ejemplo es este que elegimos para compartir con vos en “Pensamos cultura”. Le escribimos para pedírselo y, como también es generosa, respondió: “¡sí!, ¡pongan lo que quieran!”. Pues esto es lo que queremos: mostrarte cómo una gran narradora puede, del hecho más ínfimo, construir un universo repleto de matices y discursos, atrapante, profundo y diáfano.

Josefina tiene un blog -Señorita Li- donde de tanto en tanto vuelca sus textos, pensamientos y anécdotas. De allí elegimos “Tracción a sangre”, que se publicó en la revista digital La Agenda pero que ella eligió incluir como colección privada en Señorita Li el 25 de febrero de 2016.

No más preámbulos.

 

“TRACCIÓN A SANGRE”





Cuando mi vecina se fue del barrio me dejó por unos días su bicicleta. Dijo que no tenía fuerzas para ir pedaleando a su casa nueva después de tantas horas de mudanza. No entendí por qué no la metía en el camión con los muebles, pero tampoco me detuve en eso. La guardé en el patio. La bici era pesada, y tenía los frenos duros y telas de araña en los rayos. Igualmente la miré con ganas. Hacía rato que quería volver a pedalear.

Dos semanas después la mandé a arreglar y empecé a usarla. Tres semanas más tarde, suponiendo que mi vecina volvería a llevarse lo suyo -cosa que aún no ocurrió- compré una bici para mí. Así empezó todo. No tengo coche, no sé conducir y quería desplazarme sin pasar por los trámites, las pruebas y el desembolso que supone ser un automovilista. O al menos eso pensé en un comienzo. Lo que no imaginé fue lo otro. Que además de un transporte accesible, la bicicleta es un ejercicio moral. El viento en la cara, la velocidad, la posibilidad de construir una mirada urbana: todo se paga, literalmente, con equilibrio y sudor.

El lunes que me dieron la Aurorita -plegable, liviana, fácil: parecida a lo que quisiera pensar de mí misma- la estrené de noche en el Bajo Flores. Cerca de la villa 1-11-14 hay un polo de restaurantes coreanos. Quizás fue la cerveza o el cansancio o, por el contrario, el nervio del pedaleo porque la zona, cerca de la medianoche, no es un buen lugar para el ciclismo recreativo. Lo cierto es que agarré un cordón en ángulo de 30 grados, perdí la estabilidad y terminé en el suelo y sangrando. Desde entonces, hace ya dos meses, tengo en la rodilla una especie de supernova de destellos oscuros. La marca es como un dedo en alto, una admonición tardía que habla del castigo y la prudencia.

 

La ignoro. Pero sé que algo, ese día, quedó escrito.

Poco después del accidente llegaron las fiestas de fin de año. Para qué entrar en detalles. El 25 de diciembre y el 1 de enero a la mañana agarré la bici y me fui al carajo. No es que haya ido lejos, el carajo en realidad está adentro (lo dice Juan Carlos Kreimer -periodista y pionero de la cultura rock- en su libro Bici Zen: el camino que se traza con la bicicleta es interior). En cualquier caso: toda la basura personal se iba volando a medida que pedaleaba por la avenida Directorio y chocaba manos con los rotos como yo. Padres solos que llevaban a sus hijos en monopatín; parejas de viejos con zapatillas esponjosas caminando en silencio; pibas corriendo con urgencia para bajar la comilona de la cena. Nada nuevo, pero todo distinto si lo ves desde los veinte kilómetros por hora y sin ventanas de por medio. En la bici, tu esfera es la calle. En el mundo del peatón también, pero las ruedas le dan al entorno una fugacidad perfecta: es posible mirar y hacer un dibujo mental de aquello que se ve, y a la vez todo se suelta pronto porque la ciudad siempre sigue. En ese sentido, el pedaleo se parece un poco el periodismo.

 

La bicicleta, de hecho, es un punto de vista. A unos centímetros del suelo y con el movimiento como principal garante de estabilidad -si no avanzás, te caés- Buenos Aires se ve de otra manera. La arquitectura, los modos de relación entre las personas, las maneras de estar acompañado y de estar solo, las demoliciones, los edificios y los carteles publicitarios que alteran el tejido urbano. Todo eso cambia. Incluso cambia la lluvia. Mil veces vi llover en la ciudad. Pero vi una lluvia nueva cuando pedaleé bajo un diluvio. Sé que estoy exagerando; parezco un pastor evangélico tratando de meter gente bajo el manto sagrado. Pero por ahora, y hasta que me acostumbre, las sensaciones son iniciáticas y extraordinarias.

 

Aquel día de lluvia los árboles brillaban y el asfalto crepitaba como un vinilo. En subida por Directorio -vacía- y con los músculos quemando, entendí que la ciudad es una forma de naturaleza. Esa, supongo, es una de las virtudes de la tracción a sangre: el esfuerzo, alternado con el dejarse llevar de las bajadas o las planicies, produce una mirada específica, vagamente alucinada, y ayuda a apropiarse de un espacio urbano que normalmente es hostil. Alguna vez en la vida hay que atravesar Buenos Aires en bicicleta. Si es cierto que nadie debiera habitar una casa que no pueda limpiar por sí solo -o eso dice Junichiro Tanizaki en El elogio de la sombra-, entonces nadie debiera estar en una ciudad que no pueda recorrer por sí solo.


El día de la lluvia llegué a casa, me senté frente a la computadora y escribí un texto breve que después subí a las redes sociales. Minutos después de haber hecho el post, entró un mail. Era de una colega que acababa de leerme, que edita una revista de ciclismo y que quería hacerme una entrevista en calidad de ciclista urbana y amateur. Acepté a sabiendas de que no tenía nada relevante que decir. Mi único aporte novedoso era bastante chabacano. Desde hacía tiempo venía notando que el pedaleo sin manos es una canchereada que sólo hacen los tipos. Puesta a pensar por qué, concluí que el acto estaba asociado a un modo pueril de pensar la virilidad. “A que no sabés con qué otra mano mantengo el equilibrio” parecen decir los varones. No vi una sola mujer haciendo cosa semejante.

La observación me pareció acertada y desubicada a la vez, así que la silencié durante la entrevista. Lo más íntimo que conté fue mi primer recuerdo vinculado a la bicicleta. Tendría ocho años, iba pedaleando por una vereda y vi que algunos metros más adelante había una familia entera ocupando el paso. Como no tenía bocina, empecé a gritar “permiso, pi pi pi”; pero nadie escuchó. Y yo, por alguna razón, desestimé la opción de frenar. Tenía que decidir a quién de la familia iba a chocar. Choqué al padre.

-La bicicleta conecta con la infancia- dijo la colega que hizo la nota.

Respondí que sí: la conexión con la infancia es otra de las razones por las que uno elige pedalear. Pero esa es la explicación racional. La otra, como siempre, está a oscuras.

 

Son las tres de la mañana. Cené afuera y volví pedaleando hacia el Oeste, primero por Caballito, después por Flores y finalmente por Floresta. La ciudad era un páramo y me aproveché de eso. Fui en zigzag por Pedro Goyena; hice acrobacia en José Bonifacio -levanté una pierna en palomita, después probé con la otra-; anduve sin manos y me moví con una impunidad que sólo tengo si estoy sola. Cada tanto me cruzaba con algún sereno que fumaba en el zaguán de su edificio y nos medíamos con una quietud cómplice, como si fuéramos intrusos en la misma casa vacía.

Pero todo lo demás era sordina, y noche.

Llegué a mi puerta con la sensación de estar drogada. Minutos después -ahora-, con los pies ya en el suelo, mando un mensaje de texto a mi vecina. “No la buscaste, te estás perdiendo algo” escribo. También cuento que compré una bici para mí.

“¿Le pusiste nombre?” responde ella al día siguiente. Pienso opciones, pero finalmente le digo que no. Porque todo lo que se me ocurre es cursi. Y porque las bicicletas, al fin y al cabo, debieran ser libres de verdad.

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* JOSEFINA LICITRA nació en La Plata, en 1975. Es periodista, cronista y narradora. Considerada como referente de la crónica periodística en Argentina. Ha escrito para Rolling Stone, Newsweek, Vogue, Brando, El País Semanal, Etiqueta Negra, El Malpensante, Gatopardo, Marie Claire, Interviú entre otras. También ha publicado en los diarios más importantes del país: Clarín, La Nación, Perfil, Crítica. En 2004 ganó el premio CEMEX-FNPI en la categoría texto por “Pollita en fuga”, una crónica publicada en la Rolling Stone en 2003. Dicta talleres de crónica periodística y ha publicado tres libros de no ficción: Los Imprudentes. Historias de la adolescencia gay lésbica en Argentina (Editorial Tusquets, colección Andanzas, 2007), Los Otros. Una historia del conurbano bonaerense (2011) y El agua mala (Editorial Aguilar, 2014).

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Editora PENSAMOS CULTURA | Patricia Slukich.
Imagen artículo | Banco imágenes.
Foto | PURACULTURA®

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