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CRÓNICAS | RETRATO DE ENRIQUE ORSCHANSKY

“EL GUARDIÁN DEL TIEMPO”

En esta entrega Pensamos Cultura te presenta al cordobés José Playo y uno de sus perfiles de personajes curiosos. Aquí el escritor y periodista se centra en contarnos la particular fisonomía de Enrique Orschansky; un pediatra y coleccionista “de envoltorios de hojas de afeitar, perinolas y cuerdas de relojes”, dice el autor en esta nota publicada en el diario La Voz del Interior.


JOSÉ PLAYO | ARGENTINA | pensamos@puracultura.com.ar

Depositphotos 23970981 original

El doctor llega a la cita y pone una caja en la mesa. Viste ropa deportiva porque recién sale del gimnasio. Es temprano por la mañana, pero ya transpiró y está en una pausa de café con medialuna antes de ir a su trabajo. Enrique Orschansky tiene "cara conocida de algún lado". Puede ser la tele, el diario o la radio. Dentro de su disciplina –es pediatra–, es un militante a tiempo completo.

En ese sentido, se define como un obsesivo. "En esta rama de la medicina tenés que ser así, observar los detalles. Yo soy así con mis pacientes, pero creo que es un rasgo de mi personalidad. Fuera del ámbito laboral –explica– tengo otra forma de canalizar la obsesión".

La caja sobre la mesa es un misterio. Más pequeña que una de zapatos, de color marrón y pesada. Antes de abrirla, entrega de regalo un ejemplar de su libro Hojas de afeitar argentinas: guía para coleccionistas. "Está cosido a mano por un amigo que aprendió técnicas japonesas de armado de libros", cuenta. Esta versión artesanal ya va por la tercera edición. Y es la única guía en todo el país para quienes tengan pasión por el coleccionismo de envoltorios de hojas de afeitar.

"Y esta es mi otra obsesión", dice el doctor antes de abrir la caja.

Ah, la perinola

Dentro de la caja hay muchos objetos, de todas formas, colores y tamaños. Son perinolas, esas antiguas peonzas para hacer girar en una superficie plana. Pero no se trata de perinolas comunes y silvestres. Una a una, Orschansky las saca de la caja para explicar su origen. La más grande tiene el tamaño de un frasco de esmalte para uñas. Está fabricada por marineros en un barco lanzado al mar por Napoleón, en la época en que se le acabaron las cárceles para llenarlas de conquistados. "Imaginate: está tallada en hueso de foca. Pensá en el tipo que hizo esto, el tiempo que le llevó; mirá los detalles que tiene".

Los detalles son increíbles. Visto así, en contexto, cada objeto comienza a brillar con luz propia. Hay perinolas desmontables, de madera, de metal pesado, de cerámica y de colores imposibles. No todas, sin embargo, tienen números. Una de ellas data del período entre guerras mundiales y tiene las caras pintadas con los escudos de los imperios de la época: el comunismo, el nazismo, el imperio inglés y el francés.

¿Por junta todos eso? "Porque quiero detener el tiempo", responde. "Tengo una vitrina y disfruto de mirarlas, canjearlas o regalárselas a alguien. Esto no me pertenece, yo tengo que ser un respetuoso cuidador mientras estén en mis manos. Lo veo como una lucha contra la finitud. Nos aferramos de cosas con obsolescencia programada. Esto es distinto".

En ese diálogo con el tiempo, Orschansky encuentra, además, una manera interesante de relacionarse con la historia universal y con personas con sus mismos intereses. "Nunca sabés si estás hablando con un coleccionista. Nos ocultamos", confiesa. Y como desde que se inventó Internet se acabaron las distancias, hoy tiene intercambios con un montón de coleccionistas del mundo.

Lo patológico

Casi en tono de confidencia, el desenmascarado coleccionista se autodefine como alguien que es "temporalmente" responsable de cuidar esos objetos. "No me gusta la idea de quedarme con estas piezas sólo para mí, por eso las voy cambiando o regalando. Ya lo hice con las monedas; esas porciones de historia tienen que pasar a otras manos que las admiren, tienen que circular". Esa es una característica esencial para diferenciar su pasión de la mera acumulación como trastorno compulsivo, según grafica.

La obsesión por el control sobre el tiempo se vuelve una alegoría cuando Orchansky le quita el fondo falso a la caja. Debajo hay una buena cantidad de cuerdas de relojes de péndulo. Son manivelas de diferentes colores y tamaños, algunas articuladas para facilitar el plegado tras la tarea de poner a marchar el motor que fabrica los segundos.

"La medición del tiempo no existe, es un invento nuestro. Andá a contarle a Einstein que el tiempo no es algo flexible", dice en un momento. Y de ahí la charla se dispara hacia la personalidad de los relojeros. Y luego hacia el afeitado como hábito de los soldados de la antigüedad, que aventajaban a sus enemigos tomándolos de las barbas en combate cuerpo a cuerpo. Y después hacia el sistema educativo en la actualidad.

Las anécdotas, las historias y las reflexiones son también extraños objetos que uno quisiera atesorar.

Cosas de chicos

Orschansky se desdobla para mostrar una faceta que remite, paradójicamente, a la conducta de un niño. Así de clara es la lectura que puede hacerse de sus gestos, de la sonrisa colgada en los ojos como la de un pequeño mostrando su caja preciada.

Enrique Orschansky es el señor que va y viene del consultorio a la tele y a la radio para hablar de cosas descabelladas como "Dejar que los chicos se aburran" y "Nada de jardín para niños de 3 años". Para cuando la charla haya terminado, la pantalla de su celular tendrá un paquete de mensajes de papás preocupados por mocos, dolores de garganta o fiebres. "Una de mis hijas se tomó el trabajo de contabilizarlos: recibo un promedio de 40 por día", dice antes de hilar el comentario con otra reflexión sobre el tiempo que demandan las cosas en la actualidad.

Es hora de despedirse. Antes de cerrar la caja, extiende una palma abierta hacia arriba, señalándola.

–Elegí la que quieras –ofrece–. Lleváte la que más te guste, es un regalo. Menos esta, –pide señalando la de hueso de foca.

En la mesa, junto al monitor donde se escribe este texto, una perinola extraña gira varias veces en perfecto equilibrio. Tiene una historia que la hace única. La idea de buscarle compañía resulta, por momentos, perfectamente lógica.

Perfil

Nació en Córdoba y es médico pediatra, especialista en infancia y familia. Es docente en la Universidad Nacional de Córdoba desde 1981. Tiene numerosos trabajos científicos con los que abona cursos y conferencias para la difusión de acciones preventivas de salud materno infantil. Además, escribió el libro Pensar la infancia y es coautor de los libros Cre-cimientos (2011) y Estación Infancias (2013). También es columnista en el diario La Voz del Interior y en Radio Mitre.

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*JOSÉ PLAYO. Nació en Córdoba en 1974. Es comunicador, profesor de cine y literatura en la Universidad Nacional de Córdoba y escritor. Comenzó publicando sus primeros artículos en una revista creada y editada por él, que circuló en la capital cordobesa entre 2003 y 2007. El nombre de esa publicación (que está on line como un sitio web del autor) es “Peinate que viene gente”. Paralelamente a su actividad, escribe artículos en ese sitio que está activo desde 2004; y que fue elegido -junto a otros diez- como los mejores blogs de habla hispana del mundo por la cadena alemana Deutsche Welle. José es también periodista del diario La Voz del Interior y colaborador en prestigiosas publicaciones (como Orsai, entre otras). Tiene cuatro libros de relatos publicados y en la actualidad se encuentra trabajando en su primera novela.  

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Editora PENSAMOS CULTURA | Patricia Slukich.

Imagen artículo | PURACULTURA®

Foto | DEPOSITPHOTOS®

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